A propósito de Nibia

“Y la delgada niña cayó con su bandera”

No puedo presentarme como un amigo íntimo de Nibia Sabalsagaray, sin embargo, fue el único muerto de esos años que me hizo llorar. Y conocía a varios.

La había conocido en un cumpleaños de un amigo, donde estaba su novio Francisco Laurenzo, “Paco”. No debía haber ido, se suponía que no tenía que encontrarme con militantes, pero extrañaba a los amigos.

Me acuerdo que la conversación fue a parar al travestismo y ella, profesora de literatura, nos ilustró una teoría sobre las obras de Shakespeare en que figuran mujeres disfrazadas de hombres: atraen a hombres y mujeres. A los hombres porque es una mujer; a las mujeres porque parece hombre. No sé por qué me acuerdo de esto. Uno se aferra a estos recuerdos. Tiempo después, detuvieron a Paco. Lo torturaron salvajemente y lo soltaron. En esa época no habían comenzado a procesar a los comunistas. Al tiempo, supimos lo de Nibia. La noche en que la mataron, una docena de amigos nos concentramos en la casa de la hermana del arquitecto Francisco Laurenzo, su novio. La hoy diputada Bertha Sanseverino acababa de conseguir un ejemplar del Canto General de Neruda que no había empezado a leer. En un momento muerto, se puso a hojearlo al azar y quedó impactada con este pasaje:

“Y la delgada niña cayó con su bandera, y el joven sonriente rodó a su lado herido, y el estupor del pueblo vio caer a los muertos con furia y con dolor.

Por esos muertos, nuestros muertos, pido castigo.

Para los que de sangre salpicaron la patria, pido castigo.

Para el verdugo que mandó esta muerte,  pido castigo.

Para el traidor que ascendió sobre el crimen, pido castigo.

Para el que dio la orden de agonía, pido castigo.

Para los que defendieron este crimen, pido castigo.

No quiero que me den la mano empapada con nuestra sangre.

Pido castigo.

No los quiero de embajadores, tampoco en su casa tranquilos, los quiero ver aquí juzgados en esta plaza, en este sitio.

Quiero castigo.”

Parecía escrito para la ocasión: el joven herido (torturado), la muchacha caída. Bertha me mostró el pasaje, lo leyó en voz alta y quedamos en usarlo para alguna propaganda. No sé si se hizo. Nada era fácil. Hoy lunes se comienza a cumplir la exigencia del poeta. Y, lo peor, hoy comenzamos a comprender que Nibia murió por falta de experiencia. El torturador oficial y entrenado del cuartel no se encontraba; Nibia murió porque un suplente voluntarioso no supo en qué momento debía aflojar la bolsa de nailon para dejarla respirar. Hoy volví a llorar a Nibia. Y a recordar todo esto.

Jaime Secco

La República 9/11/10